PRÁCTICA 5. LUCÍA BLEIN
PRÁCTICA 5. LUCÍA BLEIN
Objetos utilizados: máquina de escribir, chaqueta, sombrero y reloj de bolsillo.
Estética:
Las calles de Greenwich estaban cubiertas de periódicos anunciando el inicio de 1905, con la foto en portada de James Marley, uno de los reporteros más influyentes de Londres.
James era un hombre de familia, un buen marido y aún mejor padre. Pero la muerte de su mujer años atrás le cambió por completo, dejándole como único proveedor para su hija Elisabeth.
Elisabeth Marley, Beth para su padre, siempre fue distinta del resto de chicas de su edad. Mientras a muchas les entusiasmaba la idea de encontrar un buen marido, formar una familia y ser una “mujer correcta”; Elisabeth no podía estar más desinteresada. En lugar de jugar con muñecas, se entretenía observando a su padre trabajar. La pasión con la que escribía le llenaba de curiosidad, no sólo por el contenido de su próximo artículo, sino por saber cómo se sentiría al ser parte de algo más grande que sí mismo.
Su madre solía decir que eran como dos gotas de agua; los dos igual de testarudos, apasionados y trabajadores.
Con tan solo 10 años, pasaba sus tardes redactando historias en la máquina de escribir de su padre y ahora, a los 22, no era distinto. Aprovechaba los largos días en casa escribiendo cualquier noticia que escuchaba al hacer recados.
Pero algo sí había cambiado. Desde la muerte de su madre, su padre no era el mismo. Aquel hombre que recordaba con tanta ternura se había desvanecido, y con él, la luz que hacía su hogar un lugar mágico.
A su vez, ya que no se le permitía trabajar y al ser mujer, Elisabeth heredó las tareas domésticas, pese a que nunca tuvo la destreza para realizarlas. Las camas quedaban deshechas, la colada sin doblar y la cocina era un campo de batalla que intentaba ocultar cada vez que James regresaba del trabajo. Él rara vez comentaba nada, quizá por cansancio, quizá porque su mente se ahogaba en un mar de tristeza.
Pero ella sabía que tenía más para ofrecer que platos mal lavados y sábanas arrugadas. Era inteligente, rápida, observadora; podía escribir con la misma agudeza que su padre, si tan solo tuviera una oportunidad para demostrarlo.
Un día, limpiando el escritorio de su padre, encontró en uno de los cajones una foto suya de jóven. Era un chico apuesto, llevaba un sombrero, que ahora cogía polvo en lo más alto de una estantería, una chaqueta de pana marrón y en ella, un reloj de bolsillo, regalo de su mujer cuando realizó su primera publicación. Cuánto más miraba la imagen, más se reconocía en ella. Un impulso la llevó a rastrear los artículos de la fotografía y colocarse frente al espejo. Se colocó la chaqueta, de varias tallas más grandes que la suya, y se recogió el cabello enredado en un moño, escondiéndolo bajo el sombrero. El reflejo no mostraba a Elisabeth Marley, en su lugar estaba un muchacho de Greenwich cualquiera, dispuesto a buscarse la vida.
En aquel momento decidió que si su padre no era capaz de ver su potencial, dependería de ella demostrarle de lo que era capaz.
A la mañana siguiente, se dirigió a la oficina de su padre vestida de traje y con las piezas que había encontrado. Se presentó como Tom Webley y preguntó por un puesto de trabajo disponible. A pesar de no tener experiencia profesional, le contrataron y acto seguido, le asignaron una mesa de trabajo. Ese día redactó más de 10 artículos, lo que le consiguió halagos de sus compañeros y una visita al despacho del redactor jefe, James Marley.
Al entrar al pequeño cuarto, se sentó cabizbaja ante su padre, sin saber muy bien qué esperar. Alzó levemente la mirada. Anonadada, observó la sonrisa de su padre aparecer después de tantos años. Con las redacciones de su nuevo empleado ante él, expresó lo mucho que le recordaba a sí mismo cuando empezó y lo contento que estaba de que se hubiese incorporado. Ella le regaló una sonrisa y durante unos segundos, se miraron sin decir mucho más. Finalmente, James le dejó irse y se despidió: “Espero verte mañana, Beth”.



Comentarios
Publicar un comentario