Luis Oliva Vila. Práctica 5.

Objetos escogidos: corcho con hilos rojos, cámara de fotos antigua y sobre con sello rojo.


La habitación olía a polvomadera vieja y papel amarillento. El olor se había hecho notar cada vez más en los últimos años. Parecía mentira, pero nunca se había acostumbrado a él. Notar ese hedor al pasar el marco de la puerta era recordar que hubo un día en el que todo cambió. Lucas se sentó en el borde de la cama, perfectamente hecha, como siempre. Repasó con su mirada todos los objetos de la habitación -como siempre-: fotos, ropa antigua que llevaba mucho tiempo sin ser usada, pósteres con personajes y cantantes que parecían contener lo poco que quedaba de vida en esa habitación... ninguna novedad. Como siempreEl corcho perfectamente colocado frente a él revelaba un laberinto de hilos rojos imposible de entender. Cuanto más lo miraba, más quería dejar de verlo. Estaba cansado. Llevaba muchos años intentando saber algo de su hermano, pero lo máximo que tenía eran vagos recuerdos que no terminaban de encajar. La habitación de su hermano había pasado a ser un santuario, un pequeño cuarto de investigación, donde guardaba con máximo cuidado los objetos que había ido tocando año tras año. 

Todos los objetos le eran familiares. Los había tocado tantas veces que los recuerdos   -o momentos, no sabía muy bien cómo definirlos- fluían sin esfuerzo. Cada vez que tocaba uno, éste le devolvía un momento del pasado. La realidad ante él se desdibujaba, y daba paso a un momento antiguo que ocurría ante sus ojos como si él mismo estuviera ahí. Cada salto era fascinante y aterrador a la vez. Sabía que su don no era algo que pudiera enseñar al mundo, debía mantenerlo escondido. Quería mantenerlo escondido. El hecho de que cada vez que volviera al presente algo cambiara (libros desaparecidos o cambiados de sitio, notas reescritas completamente, o incluso aquella vez que cambiaron de posición los hilos rojos) hacía que quisiera mantener todo oculto.  

Lucas había aprendido a ser paciente, a esperar, a observar. Su vida se había desarrollado en base a reconstruir la historia de su hermano, a darle una respuesta a una desaparición que marcó su infancia. Eso, y vivir escondiendo una parte de quien realmente era, le hizo aislarse del mundo, perdiendo con el paso del tiempo los pocos amigos que había hecho cuando era pequeño. Lucas se sentía solo. No podía apoyarse en sus padres. Tras la desaparición de su hermano todo cambió. La vida en su casa pasó a ser de color gris y notó cómo sus padres dejaron de hacerle caso. Llegó a creer que hubieran preferido que desapareciera él antes que su hermano.  

Encima del escritorio, antiguo pero nuevo a la vez, estaba el sobre amarillento con el sello de cera rojo. Una circunferencia perfecta que jamás se había atrevido a romper. Apareció entre sus cosas un día después de que su hermano desapareciera. La primera vez que lo vio, tuvo un impulso, lanzarse a abrirlo, como si el contenido del sobre fuera a decirle dónde había ido a parar su hermano. No le dio tiempo a poner los dedos sobre el sello cuando sintió un vacío negro que le heló la sangre. No hubo visiones. Solo una sensación tan oscura que jamás se volvió a plantear abrirlo. Durante años, el miedo y respeto hacia ese objeto lo mantuvieron apartado. 

En su repaso visual por la habitación, agotado, actuando por la misma inercia que le había empujado los últimos años de su vida, encontró algo que antes no estaba ahí: un trozo de cartón, que asomaba de detrás de la mesita. Sorprendido y extrañado, saltó de la cama como si un resorte le hubiera empujado y se dirigió al rincón donde se encontraba lo que nunca había estado ahí. Vio una caja de cartón, con una de las solapas levantada, y al cogerla pudo leer en uno de sus laterales: «Trastero». Sabía que su madre había estado llevando cosas, pero no porque ella se lo dijera, claro, sino porque la escuchó decírselo a su padre. Entonces, movido por una sensación que nunca había tenido, volvió a poner la caja en el suelo, en el centro de la habitación, y se dispuso a sacar lo que fuera que hubiera dentro. Se encontró con una cámara de fotos antigua. Antes de cogerla, una lluvia de recuerdos atravesó su mente: a su hermano le encantaba la fotografía. Sobre todo, las cámaras vintage. Se tiraban tardes enteras haciendo sesiones de fotos. A Lucas le encantaba posar para su hermano. Cada foto que le hacía sentía que era una prueba más de que era la mejor persona del mundo. La tristeza le invadió. Se quedó mirando la cámara, plegada en la caja, y dudó por un instante si volver a dejarla donde estaba. Pero hizo un esfuerzo, intentó desprenderse de la tristeza que sentía, y se agachó a cogerla. Lucas no sabía que ese objeto le cambiaría la vida en menos de diez segundos. 

Al tocarla, la cámara ahora estaba de pie, colocada en la puerta de la habitación. El ambiente tenía otro color, no olía a humedad y la cama estaba deshecha. En ese instante Lucas sabía perfectamente que estaba teniendo la visión más antigua que nunca había tenido: su hermano estaba en casa. Solo reaccionó internamente, pues se quedó paralizado. Por el rabillo del ojo vio algo pasar por fuera de la habitación. Tenía que ser él. Rompió el bloqueo y, corriendo, se levantó y se asomó por la puerta. Su hermano estaba entrando en su cuarto. Llevaba algo en la mano. A Lucas se le iba a salir el corazón por la boca. Hacía muchos, muchos años que no veía a su hermano. Tenía la misma postura, el mismo gesto distraído, pero algo en su mirada era distinto. No parecía el chico de dieciocho años que recordaba Lucas. Entonces, lo vio dejar entre sus cosas lo que llevaba en la mano: un sobre amarillento con un sello de cera rojo.  

El corazón le latía tan fuerte que notaba el bombeo de la sangre en las sienes. Su hermano se giró un instante, como si hubiera percibido algo. Sus miradas se cruzaron, y, por un instante, Lucas hubiera jurado que lo habría visto. Entonces, de repente, la habitación volvió a cubrirse de polvo. El ambiente volvió a tener la oscura luz que le caracterizaba y el aire se volvió espeso de nuevo.  

El sobre estaba allí. En el escritorio. El sitio donde lo dejó Lucas después de tocarlo por primera y última vez. Llevaba años con el mismo aspecto. Solo que ahora Lucas sabía de dónde había salido, y sabía que, de alguna manera, su hermano lo había dejado para él. Recordó la vez que lo tocó: el vacío, la oscuridad que lo paralizó. Pero esta vez era distinto. Tras años de búsqueda, docenas de visiones y objetos, entendiendo su don, sentía que esta vez el sobre le devolvía otro tipo denergíaEsta vez positiva. Él había cambiado, y su poder también.  

Con las manos temblorosas, cogió el sobre -esta vez sin sentir nada- y rompió el sello. Dentro había una foto: era él, ya adulto. Y no estaba solo. Posaba junto a su hermano. Ambos más viejos, pero juntos. En el dorso, una frase escrita con la misma letra que recordaba de niño: 

«Siempre supe que llegarías hasta aquí. Me fui para que pudieras estar a salvo... ahora todo está listo para que nos reencontremos». 

Lucas apretó la foto entre los dedos. Pudo experimentar todas las emociones del mundo a la vez. El aire de la habitación pareció cambiar. Los hilos rojos del corcho vibraron suavemente. Entonces lo entendió: su hermano no solo conocía su don, sino que lo compartía. Lo dominaba a un nivel que ni él podía imaginar. Tras años de desorden, todo encajaba: la desaparición, el sobre, las visiones... cada salto había sido guiado por su hermano.  

Por primera vez en mucho tiempo, Lucas sintió esperanza. Y felicidad. Y adrenalina. Y cualquier emoción que le hiciera sentirse arropado por la vida. El pasado dejó de ser una pesadilla, y pasó a ser la mejor visión del mundo.

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