PRÁCTICA 5. MIRIAM MOLINA CORBALÁN

Objetos utilizados: Velas, silla, escritorio, pluma, carta, gato, libro.

Estética: 




En 1815 nació Blanca Valle, hija del conde de Aranda, en una distinguida familia de la nobleza española. Desde pequeña destacó por su dulzura, así como por su belleza; tenía la piel tan blanca como la leche, el cabello liso negro azabache que caía sobre sus hombros y unos labios color carmín que inspiraban a escribir más de un poema. Pero sobre todo destacaba por su  inteligencia, pues estaba por encima de la del resto de los niños de su edad, lo que suponía un problema en un mundo donde tanto el pensamiento como el criterio propio eran cualidades peligrosas.

Como cada noche, Blanca se sentaba en la silla azul acolchada que había frente a su escritorio. Su habitación permanecía en penumbra, tan solo estaba iluminada por la luz de un par de velas que proyectaban sombras sobre las paredes e inundaban la estancia con un olor a cera derretida.

Antes de empezar a escribir, Blanca acomodaba los papeles, abría el tintero y acto seguido probaba la pluma que había heredado de su madre sobre un pergamino que descansaba siempre al lado izquierdo del escritorio.

Luego abría su cuaderno y se entregaba a su ritual habitual. Escribía en su diario todos los pensamientos que jamás se atrevería a verbalizar; también sus deseos más profundos.  

Durante este momento solo se escuchaba el rasgueo de la pluma llenando el espacio, pues en la corte había un silencio sepulcral, todos dormían, todos menos Blanca.


Cuando cumplió los 18 años, su padre comenzó a recibir pretendientes para ella. Todos ellos pertenecían a familias influyentes, y cada encuentro suponía un recuerdo de la vida que le esperaba; su destino parecía estar escrito: una boda perfecta, un marido honorable y una vida acomodada. A ojos de todos, la vida soñada, pero para Blanca no era más que una cárcel.


Blanca no quería dejar atrás su hogar, pues era el lugar en el que había crecido. Todos y cada uno de los rincones guardaban recuerdos de los que nunca podría olvidarse, como los jardines por los que correteaba de pequeña o el enorme piano en medio del salón en el que su madre siempre practicaba Für Elise de Beethoven. Y por supuesto, tampoco se olvidaría de su gato Marcelo, quien le enseñó algunos pasadizos que escondía la corte.

Pero no le quedaba otra opción. Le horrorizaba la idea de convertirse en la sombra de un hombre al que apenas conocía. Ella ansiaba huir del destino que otros habían planeado para ella. Deseaba libertad y poder elegir por sí misma.


Una noche más se sentó en su escritorio y agarró con fuerza la pluma, dispuesta a volver a escribir una nueva entrada en su diario.

Sin embargo, esta vez fue diferente, un pensamiento interrumpió su cometido. Recordó los rumores que circulaban en la corte sobre una mujer que ayudaba a quienes deseaban cambiar por completo su vida, empezar de cero bajo una nueva identidad, una identidad falsa.


Por primera vez, Blanca no escribió en su diario sobre sus días o sus sentimientos, en esta ocasión utilizó los pergaminos que había a su izquierda para redactar la que posiblemente sería la carta que marcaría un antes y un después en su vida. La redactó con mucha mesura, buscando las palabras más precisas para que la mujer lograse comprender su situación. Blanca tenía esperanzas de que las cartas llegaran a las manos de esa mujer, aunque no sabía bien cómo hacerlo, ya que desconocía su paradero. Pero eso no le haría perder la esperanza; Blanca estaba dispuesta a intentarlo todo. No tenía nada que perder, nada era peor que el destino que le esperaba si no lograba huir de la corte.


Esa noche, al acostarse en la cama, Blanca no consiguió conciliar el sueño, estuvo dándole vueltas a la misma idea constantemente, ¿cómo podría hacer llegar esa carta a la misteriosa mujer?

Tras pensar durante un largo rato se le vino un nombre a la mente. Lorenzo.

Lorenzo era el criado de la familia, pero para Blanca era más que eso, era casi como un hermano. Los dos se habían criado en el mismo palacio. Lorenzo era discreto y leal, por lo que el secreto de Blanca estaría a salvo con él. 

Además de criado, Lorenzo también trabajaba en el Bar Paco, el bar más concurrido de la ciudad, donde acudían tanto mercaderes y comerciantes como soldados y militares. Si alguien tenía contactos que podían hacer llegar la carta a la mujer, era él.


A la mañana siguiente, cuando apenas entraba el sol a través de las cortinas, Blanca se asomó a la ventana y vio a Lorenzo en los jardines. Seguidamente cogió la carta y la guardó entre las páginas de un libro, después bajó a toda prisa por las escaleras, con sigilo, para evitar encontrarse con alguien que pudiera interrumpir su cometido. 

Ya en el jardín se acercó temblorosa a Lorenzo y susurrando le explicó lo que necesitaba. Sin dudarlo ni un segundo Lorenzo aceptó. Después Blanca sacó del libro la carta para entregársela a Lorenzo.


Ambos se retiraron a seguir con sus labores. Blanca por fin conseguía sentir alivio. Mientras se alejaban, Blanca miró hacia atrás y vio a Lorenzo con la carta, en ese momento fue consciente de que ya no había vuelta atrás.

Comentarios

Entradas populares